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Mayo  22, 1997

Prensa Escrita

Reforma
AGENDA CIUDADANA



¡YA ES TIEMPO!

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¡YA ES TIEMPO!
Lorenzo Meyer

El Banquete y la Tardanza.- Alfonso Reyes, el nuestro, y Sir Winston Leonard Spencer Churchill, el británico, son dos grandes autores que normalmente no se encuentran juntos en un mismo texto, pero, como se verá, la naturaleza de la realidad política mexicana es tal, que los puede acomodar uno al lado del otro sin mayor problema al abordar el tema de nuestro retraso para acceder a la modernidad democrática.

Para Reyes, una de las grandes tragedias de un país como el nuestro es su arribo tardío al banquete de la civilización. Hoy nos queda claro que ese banquete civilizatorio estaba --y está-- compuesto de muchas cosas, entre otras, de las formas y contenidos institucionales que asumen las relaciones entre gobernantes y gobernados. México simplemente no estaba en condiciones de participar por derecho propio en la llamada primera ola democrática que se levantó en el siglo XIX en Europa y Estados Unidos al término de las guerras napoleónicas --nuestro país apenas si se asomó a este proceso--, resultado del impulso que dieron al cambio político la independencia norteamericana y la Revolución Francesa. Esta primera democratización concluyó, según Samuel P. Huntington, un siglo después, en los años veinte de este siglo. La segunda ola fue de menor duración y la provocó la II Guerra Mundial, la derrota del nacionalsocialismo, del fascismo y del impulso descolonizador. En contraste, en esos años nuestro país experimentaba la consolidación y apogeo del autoritarismo postrevolucionario, donde una supuesta democracia social permitió justificar la ausencia de una democracia política real. La tercera ola también se inició en Europa con la caída de los autoritarismos de la Península Ibérica a mediados de los años setenta, pero rápidamente se extendió a Iberoamérica con la crisis y desaparición de las dictaduras militares. El autoritarismo de México, por lo bien arraigado que estaba --tenía una base social mucho más amplia que la de cualquier otro sistema latinoamericano con la excepción de Cuba-- resistió el embate inicial y aún permanece desafiando la acometida democrática. Pero no hay duda que ya no es lo que era; sus cimientos están socavados, y aunque muy tarde, puede estar ya muy cerca la hora de la democracia mexicana.

Con Excepción de Todas las Demás.- Es el momento del segundo autor, de Churchill. El gran estadista inglés defendió a la democracia política de una manera muy peculiar: la definió como el peor sistema de gobierno... ¡con excepción de todos los demás!, y resulta que nuestra historia le da muy bien la razón a Churchill.

La Razón de la Tardanza.- La democracia política es la forma más alta de convivencia social que se haya intentado en la historia --un destilado de siglos de evolución de la cultura occidental--, pero si los mexicanos aún no la hemos ensayado, se debe, en buena medida, a que hemos estado muy ocupados experimentado con eso que Churchill englobó bajo el término de "todas las demás (formas de gobierno)". En efecto, si algo puede explicar, que no justificar, nuestra tardanza en el encuentro con la democracia, es el tiempo y la energía que muchas generaciones de mexicanos han gastado en experimentar con casi todas las otras formas de gobierno distintas de la democracia.

Las Teocracias.- El México prehispánico, anterior al traumático encuentro con Europa, era un sistema de poder centrado en y obsesionado por, su relación con la divinidad. De Teotihuacán a Tenochtitlán, los intermediarios entre los hombres y los dioses --la casta sacerdotal-- actuaron como los dueños del poder político. Después de la conquista, los intermediarios entre los hombres y Dios, no volvieron a tener un poder tan grande como en el pasado, pero no hay duda que la no separación entre la Iglesia y el Estado en los siglos XVI y XVII, permitió la sobrevivencia de elementos teocráticos muy importantes en la Nueva España.

Así pues, a nadie debió de llamarle la atención que pudiera existir un virrey-obispo. De hecho, la expulsión de los jesuitas en el siglo XVIII fue producto del temor del monarca español ante el gran poder temporal que había ido adquiriendo la Iglesia en sus lejanos dominios de ultramar, sobre todo en las zonas marginales. Finalmente, por un momento, el contrapoder político generado por la revolución de independencia, también tuvo mucho de teocrático; no es fácil saber como hubiera evolucionado el nuevo sistema político mexicano si el carácter original de ese movimiento de emancipación iniciado por sacerdotes, se hubiera mantenido inalterable.

El México de un Solo Hombre.- A partir del efímero imperio encabezado por el coronel Agustín de Iturbide, la tendencia de las fuerzas políticas dio por resultado el México de un sólo hombre. A Iturbide le siguió Antonio López de Santa Anna, pero antes, mucho antes, ya estaba la experiencia del gran poder personal del conquistador Hernán Cortés, o de su contraparte, Moctezuma.

Con la restauración de la República, las tendencias a la concentración del poder en manos de un sólo individuo no desaparecieron, simplemente se transformaron y el liberalismo de Juárez concluyó en Porfirio Díaz, el hombre providencial: "el necesario". La Revolución no significó un cambio notable en este aspecto sino un refinamiento. Del "Primer Jefe del Ejército Constitucionalista" se pasó a Alvaro Obregón, el general invicto, a Plutarco Elías Calles, el "Jefe Máximo de la Revolución", para desembocar en ese "señor presidente", que invariablemente se presenta como el "mejor hombre" del que dispone "el partido" (PNR-PRM-PRI), para rápidamente transformarse en "el visionario", "el auténtico estadista" y, en la práctica, "el infalible". La decadencia actual de la presidencia omnipotente, esa de los grandes poderes constitucionales, metaconstitucionales y anticonstitucionales, hace cada vez menos viable esta forma de gobierno, pero se resiste a morir.

El Militarismo Mexicano.- El México prehispánico tenía tanto de teocrático como de militarista. Tras su derrota, el primer gobierno de los europeos, siguió con la tradición, pues fue el dominio de los capitanes de la conquista, afortunadamente duró poco. Sin embargo, al final de la época colonial, y como resultado de la lucha antiinsurgente, José María Calleja volvió a reunir el poder militar con el político, y la lógica del primero se impuso sobre la del segundo.

El México gobernado por generales en el siglo XIX no fue realmente un México militarista, entre otras cosas porque el ejército profesional fracasó rotundamente en su cometido central en 1847: fue incapaz de defender con un mínimo de eficacia el interés nacional frente a Estados Unidos y se desprestigió. El efecto de la gran derrota y de la rapacidad que los militares mostraron en su relación con la sociedad, les ganó muy pocos adeptos fuera de sus propias filas. Porfirio Díaz fue un militar que uso al ejército para llegar al poder, pero luego gobernó apoyándose muy poco en los de su gremio y más, mucho más, en los civiles.

En el siglo XX, el único experimento militarista serio fue efímero y tuvo lugar entre 1913 y 1914. Fue resultado de un golpe contra la democracia, de una traición de Victoriano Huerta frente a su jefe nato: el presidente Madero. El México de los civiles armados --los revolucionarios-- se encargó, y muy bien, de castigar a los militares profesionales golpistas y traidores; los derrotó y disolvió su ejército. Los generales-presidentes que asumieron después el poder, de Obregón a Manuel Avila Camacho, no fueron en realidad militares en sentido estricto: no se educaron en escuelas militares y, por tanto, no absorbieron este ethos. Los generales de la Revolución fueron civiles a los que el torbellino de la guerra civil vistió de uniforme, pero nunca les quitó su carácter de civiles.

La Tecnocracia.- Al asumir en 1700 con Felipe V la casa de Borbón el poder en España, se abre la puerta de lo que sería el gobierno de los déspotas ilustrados en España y que tuvo consecuencias importantes en los dominios de ultramar. Los Borbones fomentaron desde el Estado el conocimiento científico y el gobierno por administradores profesionales. Para la Nueva España el resultado no fue muy positivo, pues si por un lado se experimentó el auge de la plata, por el otro hubo un aumento considerable de extracción de riqueza para llevar adelante un proyecto ajeno: el de la política europea de España. El resultado fue un descontento bastante generalizado en la Nueva España y en los otros dominios: la yesca en que estalló la chispa de 1810.

La tecnocracia revivió a la sombra del México de un sólo hombre en el Porfiriato. Los "científicos" creyeron realmente que una supuesta superioridad intelectual legitimaba su control sobre el aparato de gobierno. El resultado fue una modernización mezclada con altas dosis de prepotencia y de formas relativamente sofisticadas de corrupción. Como en la última parte de la colonia, el resultado de la acción de los "científicos" porfiristas significó una disminución de la legitimidad del régimen, lo que propició y facilitó la acción de la Revolución en 1910.

Tras el triunfo y consolidación del régimen revolucionario, la tecnocracia volvió por sus fueros en el primer gobierno civil y de universitarios: el de Miguel Alemán. Otra vez, el resultado fue una mezcla de modernización con gran corrupción. La última etapa de este tipo de gobierno la estamos viviendo ahora: el gobierno de los doctores en economía. Bajo la bandera de la lucha contra el populismo arcaico y en favor de la modernización y de la globalidad, y con el apoyo de la mayor potencia del orbe --Estados Unidos--, los últimos tecnócratas han construido un sistema notable menos por sus logros económicos --el producto bruto interno ha crecido menos que bajo el populismo-- y más por la ilimitada voracidad de un puñado de tecnócratas que encontraron la manera de hacer del cambio un gran negocio personal. Al final, una crisis económica --los "errores de diciembre" de 1994-- combinada con una política --el asesinato del candidato presidencial oficial y el surgimiento de movimientos armados-- ha puesto en crisis no sólo a la tecnocracia sino al régimen autoritario mismo y del que los
tecnócratas no son más que una variante.

De Vuelta al Punto de Partida.- De no ser por el totalitarismo moderno --ese que inventaron Stalin, Musolini y Hitler--, México ha experimentado casi todos los tipos posible de gobierno autoritario, y al final de cuentas ninguno ha dejado como herencia algo que sea claramente digno de rescatar.

Si, vamos a llegar tarde al banquete de la civilización política. Sin embargo, ya no vale la pena lamentar el tiempo y las oportunidades perdidas --ni las desdichas ganadas--, sino acelerar el paso para llegar finalmente a esa cita largamente pospuesta: la cita con una forma de gobierno que implique la igualdad en dignidad política entre los miembros de una sociedad notable por su larga historia de desigualdades. Nunca es demasiado tarde para acceder a un estadio superior de la cultura, pues eso y no otra cosa es dejar atrás el autoritarismo, la ausencia del Estado de Derecho y la permanente humillación de no sentirse ciudadano.


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