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Junio  5, 1997

Prensa Escrita

Reforma



¿Y EL FUTURO?

¿Y EL FUTURO?

LEVANTAR LA MIRA

Sin grandeza de miras, faltará la voluntad colectiva para continuar con el sacrificio que el presente aún demanda para ganar el futuro.

La carencia de entusiasmo que hay en México respecto del futuro colectivo está directamente relacionado con la pequeñez moral de la élite política y económica en una época de cambio profundo. Al empezar a construir el nuevo proyecto nacional -el globalizador de mercado- de entre las ruinas del viejo -el populista postrevolucionario- le faltó grandeza a la élite tecnocrática y le sobró oportunismo a sus apoyos internos externos: a los grandes empresarios, al gobierno de Washington, a la Iglesia, a la oposición colaboracionista, a los intelectuales orgánicos, etcétera. Ese mal principio no se ha rectificado.

A la grisura y pequeñez del delamadrismo le siguió la ambición patológica, la demagogia desmedida y la corrupción a escala global del salinismo, para retornar a la confusión y debilidad del zedillismo. Es indispensable levantar la mira de la discusión y de la acción, y enfrentar de forma diferente el reto del futuro; uno que sea, a la vez, posible y deseable. Obviamente, el porvenir que imaginemos dependerá del lugar que cada uno ocupa en la estructura social, así como de la educación, ocupación, región, edad, género, experiencia y personalidad individuales. Pese a la diversidad de intereses y criterios, es posible encontrar puntos de consenso para imaginar un México del siglo XXI digno de sustituir, mejorándolo, al que ya se fue, al de la Revolución Mexicana.

Aquí, como en cualquier país, el pasado y las condiciones del presente determinan el porvenir. Se supone que cada quien es arquitecto de su propio destino, pero si eso es verdad, lo es en un sentido restringido, pues los márgenes de maniobra son estrechos, especialmente dentro de un país pobre y periférico como el nuestro. Sin embargo, hay alternativas.

LOS GANADORES

Como punto de partida tomemos al futuro desde la perspectiva de los ganadores, de los que se han beneficiado por el penoso proceso de transformación iniciado desde hace una docena de años. No son muchos, pero son muy importantes. Como ejemplos de ganadores, además de la alta burocracia pública, están grupos como Carso, Televisa, Iusacell, Alfa, Modelo, Elektra, Cifra, Gruma, Cemex, Visa, Comermex, Banamex, etcétera.

Para esta élite del poder, el modelo de economía de mercado insertado dentro del gran marco del Tratado de Libre Comercio con Estado Unidos tiene problemas pero son temporales, producto del proceso de maduración. Para el puñado de ganadores, la idea del futuro es la contenida en los discursos del Presidente y de su secretario de Hacienda: ya no habrá crisis económicas, el rumbo es el correcto y no habrá de variar.

Desde la óptica de estos ganadores, los cimientos del México del siglo XXI se construyeron en la segunda parte del sexenio de Miguel de la Madrid y en el de Carlos Salinas -que si bien tuvo errores por defectos de personalidad, no se equivocó en lo fundamental- y son fuertes. Por tanto, sólo resta aguantar la presión de los que han tenido y seguirán teniendo que pagar el alto costo del cambio -la gran mayoría de los mexicanos- y no ceder a tentaciones populistas.

No lo dicen, pero es claro que este grupo de tecnócratas y de “grandes capitanes” de la nueva empresa globalizada, está de acuerdo con la tesis de Francis Fukuyama: la humanidad ha llegado al “fin de la historia”, porque el modelo económico y político que venció al “socialismo real” es el más racional de los posibles y ya no tiene rival (The End of History and the Last Man, Nueva York, Free Press, 1992). De aquí en adelante, la humanidad se desarrollará dentro de esta alta forma de civilización, resultado de la larga evolución de Occidente. Los opositores de lo inevitable lo son por ignorancia o mala fe.

Dentro de la óptica de los triunfadores, el México del futuro debe ser, básicamente, una proyección del actual. Se trata de un México donde el gobierno dirigirá, pero ya no interferirá con el esfuerzo privado ni asumirá la responsabilidad por todos aquellos que, faltos de energía o voluntad, no sepan forjarse su propio bienestar. Será un México muy ligado a la dinámica de su mercado natural: Estados Unidos y, por ello, cada vez se parecerá más a la gran civilización de la América del Norte. El atraso histórico requiere que pasen varias generaciones antes de llegar a la tierra prometida, pero al final, la nuestra será una sociedad de clase media con sus varias generaciones antes de llegar a la tierra prometida, pero al final, la nuestra será una sociedad de clase media con sus variables más dinámicas ancladas en el sistema global del intercambio. La vieja mano invisible de Adam Smith premiará los esfuerzos de los que, como ellos, asuman su responsabilidad, se eduquen, trabajen con dedicación, ahorren, acepten retos y corran riegos. Se salvaran los mejores.

Para este pequeño pero exitoso grupo de políticos y empresarios, la historia finalmente si tiene un sentido y sólo hay un camino: el suyo, el de la racionalidad del mercado. La persona o sociedad que no lo siga, caerá en la marginalidad y en la irrelevancia. Por ahora, las imperfecciones de la cultura mexicana hacen necesario mantener en pie los viejos instrumentos autoritarios -el PRI y la Presidencia sin límites-, pero en cuanto madure la nueva economía y cultura -¿10 a 20 años?- cuando el futuro llegue, ya no habrá lugar para arcaísmos como el PRI o Fidel Velázquez. El fin de la historia será también el fin de estas indecentes, pero temporalmente necesarias, estructuras y mentalidades.

DE LOS PERDEDORES

Dentro de la gran masa mexicana -ese 50 por ciento de la población que sólo recibe el 16.2 por ciento de los ingresos disponibles, según la cifras del INEGI para 1994-, sólo aquellos que posean un sentido muy altruista de la vida combinado con una confianza absoluta en un modelo que sólo les ha significado costos sin ganancia, pueden aceptar de buen grado la propuesta de los ganadores: sordidez en el presente, a cambio de una promesa sobre el futuro. Para que los beneficios que hoy concentran de manera obscena los ganadores que lleguen finalmente a la base de la pirámide social y la transformen en clase media, deberán pasar, si todo sale bien, una o dos generaciones más. Es evidente que los hijos de los mexicanos pobres y quizá muchos de los hijos de éstos no son candidatos a la modernidad; su entorno y su educación formal, si la tiene, muestran deficiencias enormes y no constituyen herramientas adecuadas para salir de la marginalidad en un país que, a su vez, es marginal dentro del sistema mundial. ¿Quién tiene derecho a sacrificar una o dos generaciones más de mexicanos pobres para alcanzar la utopía de la economía de mercado?

En un país que viene de un trasfondo histórico tan brutal como el nuestro - menos resultado de una larga colonización europea y más de una dura conquista- sólo con la Revolución de 1910 surgió un proyecto de futuro relativamente generoso y posible: tierra para los campesinos en una sociedad de peones y jornaleros sin parcelas, educación para una sociedad de analfabetas -72 por ciento en 1910-, salud para una sociedad donde el 48 por ciento de las muertes al inicio de los veintes se debían a enfermedades infecciosas, parasitarias y respiratorias, rescate de los recursos naturales en un país donde antes de 1938 su petróleo y su minería estaban en poder de empresas extranjeras, revaloración de lo indígena en una sociedad donde la discriminación colonial había sido institucionalizada- “gente de razón” la minoría, “gente sin razón” la mayoría- y mantenida en la práctica después, un sistema político donde no se repitiera la dictadura a la Porfirio Díaz y donde la democracia fuera efectiva tanto en lo social como en lo político.

Es claro que, en relación a su proyecto original, la Revolución Mexicana no cumplió con lo prometido. La reforma agraria sí se dio pero desvirtuada por la corrupción y el control político del ejido; el rescate del y lo indígena fue más teórico que real; la educación oficial tuvo un defecto de calidad -también ligado a la corrupción, a la sindical- que se acentuó con el paso del tiempo; la salud pública sí se extendió, al punto de hacer pasar la esperanza de vida promedio de 37 años en 1930 a 64 años en 1980; el nacionalismo logró una cierta independencia -en particular frente a Estados Unidos-, pero muy frágil; en política, la lucha contra la dictadura porfirista dio paso al monopolio político de un partido de Estado; finalmente, la justicia social terminó en una concentración del ingreso incluso peor de la que existe en otros países latinoamericanos.

La Revolución Mexicana, sus promesas y sus fracasos se pueden analizar ya como asuntos del pasado. Sin embargo, nadie puede negar que, pese a sus evidentes fallas -siendo la corrupción la raíz de todas ellas-, por tres cuartos de siglo el mito revolucionario dio un cierto sentido de dirección y propósito a la sociedad. En contraste, la nueva etapa histórica, que prácticamente acaba de iniciarse, no cuenta con un proyecto -un mito- capaz de sustituir al que ya murió.

EN BUSCA DEL PROYECTO

Desde que en 1982 fracasó la promesa sobre un porvenir brillante hecha por el gobierno de José López Portillo basado en “administrar la abundancia” petrolera, el grueso de los mexicanos perdió muchas de las relativas y muy mediocres seguridades que les había dado la Revolución: la continuación del imposible reparto agrario, la seguridad del empleo entre los sindicalizados, los medicamentos y las pensiones seguras del IMSS, subsidios al consumo, etcétera.

La nueva economía no ha significado mejoras tangibles en la calidad de vida, y la insatisfacción se refleja claramente en los múltiples encuestas que se levantan a lo largo y ancho del país.

Un auténtico proyecto de futuro requiere replantearse temas viejos con ojos y métodos nuevos. En primer lugar, hacer realidad el Estado de derecho; si la igualdad social es ahora vista como un imposible, al menos debe cumplirse con el lema liberal de igualdad ante la ley, respeto a las garantías y derechos individuales. Superar definitivamente la etapa del autoritarismo: la de partido de Estado, fraude electoral, presidencialismo sin contrapesos y corrupción institucionalizada y en gran escala.

Como lo acaban de mostrar las elecciones de Inglaterra y Francia, entre otras, ya no es tolerable que en aras de la ortodoxia del mercado, el desempleo sea endémico. El Estado propietario no puede ser sustituto por el Estado irresponsable; deben encontrarse fórmulas para favorecer el empleo sobre otras consideraciones; hay que detener, para luego cerrar, la enorme brecha entre clases sociales y regiones, una casa tan dividida como es México, no puede lograr la cohesión necesaria para las grandes empresas colectivas. Hay que recobrar el sentido de solidaridad pervertido por Carlos Salinas y responder con ella y no con el Ejército a las demandas y desafíos que representa el zapatismo en Chiapas y al EPR en Guerrero. Finalmente, hay que redefinir el concepto de soberanía en la era de la globalidad, pues México ni puede ni debe tener como meta el asimilarse a la llamada civilización de la América del Norte.

Hay que replantearnos el problema del futuro ya, si no lo volveremos a perder.


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