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Julio
3, 1997
Prensa Escrita Reforma AGENDA CIUDADANA
UNA TRANSICIÓN SIN CABEZA
AGENDA CIUDADANA
UNA TRANSICIÓN SIN CABEZA
Lorenzo Meyer
¿Quién está en el Timón?.- En los años sesenta, José Revueltas escribió un ensayo sobre la penosa condición política de la clase obrera mexicana y lo tituló: Un proletariado sin cabeza. Hoy, y en vísperas de lo que puede ser un momento histórico en el complicado proceso del desarrollo político mexicano -las elecciones del 6 de julio- podemos retomar el título del célebre escritor y activista de izquierda para caracterizar el tiempo actual: el de una transición política sin cabeza.
Es evidente que en México el ritmo del cambio político se ha acelerado y puede llegar a un punto climático. En efecto, el país está experimentando los efectos acumulados de una transformación de gran envergadura -la de pasar de un sistema de competencia arbitrada y controlada por el presidente dentro del marco de un partido de Estado, a un sistema de competencia abierta, multipartidista. Sin embargo, nadie en particular está asumiendo la tarea de dirigir tan inédito proceso; nadie se ha constituido en el eje para negociar y garantizar las nuevas reglas del juego político; en fin, nadie en particular aparece como el responsable de dirigir el complicado e inédito proceso de reacomodo de fuerzas y evitar que choque con escollos que lo dañen o lo hagan naufragar.
Una Institucionalización Endeble.- Se puede argumentar que no es necesario que alguien personalmente esté a cargo del proceso, pues precisamente para eso están las instituciones jurídicas y políticas. Desafortunadamente, tal argumento es falso. Para empezar, algunas de las instituciones importantes formalmente son débiles -tal es el caso, por ejemplo, de la Suprema Corte- o aún tienen que ganar fuerza propia -hasta hoy y desde hace ochenta años, el Congreso, con su mayoría subordinada al presidente, no ha sido capaz de asumir el papel que le ha dado la constitución. Hay instituciones que en el futuro serán muy confiables, pero que en esta coyuntura aún no lo son -tal es el caso del Instituto Federal Electoral con una burocracia formada en el antiguo régimen- o que de plano están bajo sospecha de parcialidad -por ejemplo, el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, cuya resolución en contra de penalizar la compra de votos ha dado por resultado, entre otros, que el PRI y el DIF los estén comprando a plena luz del día entre los amuzgos pobres de Guerrero (La Jornada, 1° de julio).
Juez y Parte.- La institución que desde hace tiempo ha expropiado casi todos los poderes de decisión en México, es la presidencia. Y justamente lo que hoy está en juego es la naturaleza futura de esa poderosa institución; de ahí lo ambiguo y contradictorio de su conducta, pues en esta coyuntura es juez y parte. Por ello, hay fuerzas que le piden y la presionan para que encabece el cambio y por otro, fuerzas opuestas -los intereses creados a la sombra de un sistema de partido de }- le empujan a que use su posición privilegiada para obstaculizar o impedir ese cambio.
El personaje a quien estas circunstancias obligan a asumir la responsabilidad histórica de obstaculizar o tratar de conducir a buen fin la gran transformación política mexicana en marcha, es Ernesto Zedillo. De entrada, la exigencia social de hacer de México un país plural, democrático, con reglas que permitan el establecimiento de un verdadero sistema multipartidista, implica necesaria e inevitablemente que el resultado final sea que la institución presidencial pierda mucho de sus poderes metaconstitucionales y todos los anticonstitucionales que ha acumulado sistemáticamente desde hace más de medio siglo. Sin embargo, no es absurdo pedir al actual presidente que sea él quien encabece el cambio que le limitará sus poderes, pues eso es justamente lo que ha ocurrido en otros casos muy exitosos de cambio de régimen. Se trata de hacer de una necesidad una virtud, como fue el caso de España, donde un rey y un primer ministro formados en y por el franquismo, le dieron la puntilla a la herencia de "El Caudillo" como la mejor vía para recomponer un esquema político que ya no tenía salida. La tarea no es fácil pero está lejos de ser imposible si hay
voluntad e imaginación.
La Resistencia.- Desde que se presentaron los primeros y trágicos signos de insuficiencia o disfuncionalidad estructural del acuerdo político postrevolucionario -las represiones contra los sindicatos independientes, los movimientos armados de Chihuahua y Guerrero, el 2 de octubre de 1968-, ninguno de los ocupantes de Los Pinos pudo o siquiera pensó en asumir la responsabilidad de transformar el sistema existente. Por el contrario, con diferentes estilos, todos y cada uno de ellos decidieron preservar la contradicción central de su gobierno y del régimen -ser democrático en la forma y antidemocrático en la esencia-, defender los privilegios de la clase política con todos los medios a su alcance -incluídos tanto la represión como la cooptación y el manejo arbitrario e improductivo de la economía- y dejar al futuro la tarea de saldar las cuentas crecientes del régimen postrevolucionario con su propia historia.
De Adolfo López Mateos a Carlos Salinas, cada presidente buscó una fórmula para dar la impresión de que abría espacios a la pluralidad - como fue el caso de los diputados de partido- cuando en realidad lo que hacía era acotarlos, reafirmar, haciéndolos más sutiles, los controles antidemocráticos sobre los procesos políticos. El juego se hizo inacabable y monótono: reformas políticas que sólo servían una vez. Y mientras cambiaba para no cambiar, la acumulación de problemas no resueltos hizo que los costos sociales aumentaran.
La Presión.- La presión sobre el sistema político mexicano aumentó cualitativamente a raíz del fracaso del proyecto de Carlos Salinas. Ese proyecto supuso que el éxito de la revolución económica puesta en marcha desde 1985, sería tan rápido como contundente y con ello la élite política obtendría el tiempo necesario para que en los sexenios futuros, se fuera negociando en sus propios términos el desmantelamiento del viejo orden y la construcción del nuevo. De esta manera se daría a los intereses creados bajo el autoritarismo el tiempo para acomodarse al nuevo entorno. Sin embargo, la realidad fue más complicada de lo previsto. En el corto plazo marcado por el ritmo sexenal, la transformación económica -la apertura del mercado-, sólo trajo la prosperidad anunciada a unos cuantos y en cambio incrementó la marginación de muchos; el levantamiento indígena de enero de 1994 en las cañadas de Chiapas, dejó en claro que algunos de esos marginados ya no estaban dispuestos a esperar; el asesinato de Luis Donaldo Colosio anunció que las reglas internas del juego en el círculo del poder ya no se respetaban. Lo anterior, más la nueva crisis económica provocada por los "errores de diciembre", echaron por tierra el proyecto -¿fantasía?- original: primero modificar las reglas económicas y luego, sin prisa, las políticas.
Zedillo.- Para Ernesto Zedillo ya no existe la posibilidad de posponer un sexenio más el encuentro del PRI con su destino sin correr grandes riesgos, pues la sociedad está impaciente y la oposición ha ganado mucho terreno. Sin embargo, en vez de intentar hacer de las difíciles circunstancias una gran oportunidad y encabezar como propio un cambio que ya es impostergable, el presidente ha titubeado. Por un lado, se dijo bien dispuesto a negociar de buena fe con los indígenas en rebeldía, y por otro buscó acabar de tajo con su movimiento por vía de una maniobra militar sorpresiva que falló. Por un lado, al inicio de 1995 convocó a los partidos de oposición y al PRI a firmar un gran acuerdo político y por otro lo echó por tierra para apoyar, en Tabasco, a lo más negro del viejo régimen. Avanzó mucho en la negociación de la reforma política pero al final se decidió por imponerla sólo. El presidente se presentó como un defensor del Estado de Derecho y procedió contra el hermano del ex presidente Carlos Salinas, pero también evitó llegar hasta el fondo de del escándalo electoral en Tabasco, de la masacre de Aguas Blancas o de los actos de corrupción en la Conasupo.
Finalmente, el presidente ya no intentó cerrar los espacios electorales ganados por los partidos de oposición en Coahuila, Estado de México, Morelos y otros estados, pero de cara a las cruciales elecciones de mitad de sexenio, el Ernesto Zedillo dejó de lado su promesa de poner una "sana distancia" entre él y el partido de Estado, para descender del plano de la gran política y transformarse en un priísta más -es decir, en un representante y defensor del pasado caduco- y poner abierta y descaradamente la investidura del jefe de Estado al servicio de un partido.
La Alternativa.- El resultado inevitable de la abdicación presidencial de abanderar para simplemente admitirlo a veces y a veces obstaculizarlo, ha dejado a otros actores con menos recursos pero con mucho mayor voluntad e imaginación, la tarea de tratar de impulsar y conducir a la sociedad mexicana por los peligrosos senderos de la transformación de régimen.
Esos actores no presidenciales que hoy son el motor del desarrollo político mexicano, son un conjunto muy heterogéneo y con intereses contradictorios. Se trata, desde luego, de los partidos de oposición, de los medios de comunicación -más la prensa, menos la radio y mucho menos la televisión-, las organizaciones no gubernamentales, las cúpulas empresariales, la jerarquía de la Iglesia Católica, algunos de los consejeros electorales del Instituto Federal Electoral, los movimientos armados (EZLN y EPR), académicos e intelectuales y, finalmente, esa parte de la sociedad que busca asumir el papel de ciudadanos plenos porque no tolera ya la prolongación de un régimen que cada sexenio y desde hace treinta años, le hace sentir y pagar los efectos de sus crisis políticas y económicas.
En principio, la pluralidad de los que empujan el proceso de cambio se neutraliza por el consenso en el objetivo final: dar forma a un régimen democrático -en ésto coinciden desde los empresarios y las ONG hasta los grupos armados-, pero ello no impide la existencias entre ellos de grandes desacuerdos y abierto conflicto de intereses. En estas condiciones, es una gran incógnita saber como, cuando, en que forma, a que costo y con que resultado, se lleve finalmente a cabo la transición política mexicana.
La Historia no Debe Repetirse.- A diferencia de los grandes cambios de régimen que México experimentó y sufrió en el pasado -la independencia, la Reforma, la Revolución de 1910-, esta vez la transformación se puede producir en condiciones no catastróficas. Sin embargo, para asegurar ello, sería conveniente, aunque finalmente no indispensable, que el presidente reconsiderara su posición y tomara conciencia de su responsabilidad histórica y ayudara a desmantelar sin mayor violencia de la que ya ha habido, el edificio autoritario para permitir la construcción del nuevo. Apuntalar la ruina en que se desenvuelve hoy la vida política mexicana aumenta el riesgo de que el edificio se derrumbe con casi todos nosotros dentro.
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