<< Anterior     Recomienda esta nota   Recomienda esta nota

Julio  10, 1997

Prensa Escrita

Reforma



EL 7 DE JULIO

EL 7 DE JULIO

LA MARCHA

Al despertar, en las mañanas que siguieron a las enconadas batallas electorales de 1940, 1946, 1988 y 1994, invariablemente el dinosaurio seguía ahí, como en el famoso cuento de Tito Monterroso. Sin embargo, este 7 de julio, la situación cambió. Al despertarnos, el dinosaurio político ya no estaba en el sitio privilegiado que había ocupado por 68 años ininterrumpidos. Es verdad que no desapareció, pero todo indica que el terrible saurio del partido de Estado mexicano ha iniciado, por fin, una marcha largamente pospuesta y que deberá llevarle al cementerio que la historia le empezó a preparar desde ese trágico verano del 68 o incluso antes.

Por el mismo sendero por donde hoy se aleja el viejo régimen, pareciera aproximarse aquello que podría ocupar su lugar y que ya había sido imaginado un 14 de septiembre de 1813, en Chilpancingo, por José María Morelos. En sus “Sentimientos de la Nación” el cura insurgente propuso como fundamento de un nuevo arreglo político ese dogma que dice: “La Soberanía dimana inmediatamente del pueblo” (punto 5o.) y cuyo objetivo último sería permitir un Congreso electo que forjase “la buena ley”, único medio para lograr la moderación entre “la opulencia y la indigencia”, productos de un pasado injusto en extremo. Para el padre fundador, la democracia era la condición necesaria para que los mexicanos pudiéramos enfrentar la trágica herencia de una terrible desigualdad producto de una historia de derrotas, conquistas y colonización. Lo que se propuso hace 184 años sigue siendo válido hoy, incluso más que entonces.

LA INSURGENCIA ARMADA

Morelos hablaba como insurgente armado. El, como otros, se había sumado a los novohispanos que decidieron aprovechar las condiciones creadas por la invasión francesa de España para intentar llevar a cabo un cambio de régimen, es decir, una transformación radical de las reglas básicas que regulaban las relaciones de poder entre las clases, razas y regiones del reino español de ultramar. Tras casi tres siglos de dominio y 10 años de lucha antiinsurgente, el sistema colonial español en América no pudo resistir y se vino abajo.

Para la que fuera la Nueva España, el costo de ese derrumbe resultó tan grande como para la metrópoli. Millares de muertos por la guerra, el hambre y la peste, pueblos enteros arrasados, minas inundadas, un economía en bancarrota y una desconfianza casi patológica de las clases dirigentes frente a los dirigidos: las clases populares. En cualquier caso, la firma del “Plan de Iguala” el 24 de febrero de 1821 condujo a la independencia pero no a la democracia; tampoco lo harían las constituciones que con ese espíritu brotarían en el siglo XIX.

Estabilizar el nuevo orden después del incendio social y racial de la independencia llevó medio siglo. Un tiempo que, a ojos de los nuevos mexicanos, debió de haber parecido una eternidad, pues la vida de la joven nación mestiza tuvo que desarrollarse enmedio del bandidaje, el desorden, las invasiones, los enconos religiosos y las guerras civiles. Esas guerras lanzaron sobre toda la geografía mexicana a ejércitos que mal sirvieron para defender la soberanía pero que es cebaron con saña sobre una población civil indefensa y, en gran medida, ausente del debate político. La mayoría de los mexicanos de entonces continuaron viviendo más como objetos que sujetos de su propia historia. El poder político no salió de las urnas -las elecciones de entonces resultaron irrelevantes- sino del fusil, la lanza, la espada y el machete. Otra vez el precio a pagar fue enorme -la posible revolución industrial se pospuso y se perdió un tiempo irrecuperable para el desarrollo- y el avance político resultó pequeño, pues el flamante liberalismo mexicano terminó por transformarse en una dictadura personal, modernizadora pero ajena la democracia prometida en la Constitución de 1857.

La vejez del dictador y las pugnas internas por la sucesión resquebrajaron el círculo de hierro dentro del que se movía una oligarquía de terratenientes, altos funcionarios y empresarios extranjeros. La inesperada rebelión de Francisco Y. Madero en 1910 rompió de una vez por todas el candado oligárquico y pudieron ingresar a la arena política miembros de las clases medias urbanas, rancheros, líderes de sindicatos de reciente creación y representantes de los campesinos y de algunas de las muchas comunidades indígenas que punteaban al país. Las esperanzas fueron muchas pero, no obstante que el lema maderista de sufragio efectivo se asumió como propio por el nuevo régimen, la promesa democrática no se cumplió.

LA INSURGENCIA DESARMADA

Cuando quedó claro el fracaso del esfuerzo democrático de Madero, se inició una especie de insurgencia desarmada que buscaba hacer efectivo el lema del Presidente asesinado. Al lado de grupos que siguieron confrontando al poder con las armas en la mano -cristeros primero, grupos asilados de almazanistas y henriquistas después y, finalmente, diferentes grupos guerrilleros de izquierda- surgieron los desarmados: los vasconcelistas (que en último momento fueron convocados a las armas, pero no las tomaron), los almazanistas y henriquistas que no favorecieron la vía armada, los padillistas pero, sobre todo, Gómez Morín y el Partido Acción Nacional (PAN) que, ellos sí, perseverarían en el esfuerzo.

Las batallas de estos insurgentes electorales fueron muchas y sus éxitos pocos, pero tras cada intento algo quedó sembrado, y el PAN sí llegaría a cosechar.

La gran ausente de la lucha política por la vía de las urnas y los votos fue la izquierda, que por mucho tiempo desdeñó ese método por burgués y prefirió seguir el dictum del presidente Mao Zedong: “el poder político nace del cañón de un fusil”. Sin embargo, en 1988, y por razones que rechazan el ámbito de este artículo -el fracaso del “socialismo real”, el avance arrollador del neoliberalismo, etcétera- esa izquierda histórica, con muchas luchas y pocos éxitos a cuestas, finalmente se unió al esfuerzo pacífico por lograr la democracia política. Y lo hizo bajo la dirección de alguien que, literalmente, había nacido dentro del PRI: Cuauhtémoc Cárdenas.

El esfuerzo electoral hecho por el Frente Democrático Nacional primero y el Partido de la Revolución Democrática después, fue enorme, pues enorme era el obstáculo al que se enfrentaba: el autoritarismo más arraigado del continente.

La historia registra ya como el gran acelerador del empuje democrático de la acción del FDN-PRD, del cardenismo. Del choque entre el cardenismo y el presidencialismo, salió triunfante el segundo, pero entonces surgió la posibilidad para la que el PAN se había preparado por medio siglo: una Presidencia herida en su legitimidad -la de Carlos Salinas- que debió ceder parte del espacio autoritario del PRI a la fuerza democrática del PAN. Metido de lleno en la dura lógica de la política del poder, el PAN aprovechó bien la debilidad de sus enemigos históricos en pugna (el partido de Estado y el neocardenismo) y se implantó en Baja California, Chihuahua y Guanajuato, primero, luego en Jalisco, y hoy en Nuevo León y Querétaro. Sin embargo, un buen número de votantes le harían pagar un precio por su colaboración entusiasta con Salinas y su liberalismo autoritario.

Tras sobrevivir a la larga marcha por el desierto que el sistema autoritario mexicano le tiene reservado a toda oposición intransigente, sin importar que sea legal y pacífica, la izquierda desarmada se jugó el todo por el todo en 1997 al desoír a quienes se decían voceros del sentido común y darle, por tercera vez, su apoyo a la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas, esta vez para gobernador de la ciudad de México: la zona más plural, moderna y compleja del país. Esa vez, la persistencia del cardenismo le fue reconocida por una parte muy importante del electorado, que había aprendido de manera dura la lección de confiar demasiado en las promesas del autoritarismo (“solidaridad”, “bienestar para la familia”, etcétera). Fuera de la capital el retorno de Cárdenas también tuvo reverberaciones; en los estados, muchos de los votantes sufragaron por el PRD, lo hicieron menos en favor de los candidatos locales del PRD y más en apoyo de un cardenismo que no se había rendido.

EL DINOSAURIO HERIDO

El priísmo se puede definir como un acuerdo no ideológico entre interese corporativos y económicos por un lado, y los “aparatos” políticos que controlan la estructura gubernamental por el otro. El objetivo común es permitir y asegurar la distribución de recursos y oportunidades al margen o en contra de las normas legales. Esa es la naturaleza del saurio que dominó y explotó el resto de la sociedad mexicana por decenios, y que parecía inmune al paso del tiempo, pues al despertar de cada elección se le volvía a ver, con pocos cambios, en el sitio que ocupó desde su nacimiento.

La debilidad inicial de la insurgencia desarmada -las oposiciones electorales- primero, y su desunión después hizo más difícil de lo necesario la lucha contra el autoritarismo. Sin embargo, el 6 de julio de 1997, la izquierda y la derecha se dieron puntual cita en las urnas -fue la coordinación obligada por el calendario electoral- y lanzaron de nuevo su fuerza contra el partido de Estado.

Y esta vez, finalmente, le pudieron echar fuera del único sitio en que puede mantenerse vivo con sus características originales: ése donde es posible para el Poder Ejecutivo mantener subordinado al Legislativo y sostener así activa la red de intereses que da vida y sentido a un sistema basado en la discrecionalidad de las decisiones y la imposibilidad de que por ello se le llame a cuentas.

¿NUEVO RÉGIMEN?

¿El 6 de julio de 1997 los mexicanos cruzamos a bordo de las urnas el Rubicón que separa al autoritarismo de la democracia? ¡Logramos, finalmente, el primer cambio pacífico del régimen en nuestra historia independiente? Escuchando el discurso presidencial y los juicios que vienen de los analistas nacionales y extranjeros, la respuesta es afirmativa. También perecieran creerlo así los miles de ciudadanos que dieron rienda suelta a su entusiasmo en varias ciudades al caer la noche del día electoral y conocerse los resultados preliminares de la jornada. Pero, ¿no es aún posible que la bestia herida se dé vuelta y decida luchar por cualquier medio a su alcance para recuperar ese único sitio en que le es posible mantenerse vivo y destruir el logro de esta insurgencia sin armas? Nadie puede responder con certeza a esa pregunta, pero las posibilidades de que ocurra esto último son remotas: muchos perderían mucho, incluidos los grandes intereses económicos que requieren de estabilidad y de respeto a las normas legales, y pocos ganarían.

El viejo régimen no ha muerto del todo, pero es muy improbable que la sociedad mexicana y en mundo externo le vuelvan a permitir recrear las condiciones que le dieron vida y permanencia. Hoy, la existencia de dos grandes partidos de oposición, bien implantados en la sociedad, y con proyectos enteramente compartibles con la rutinización de elecciones competidas en condiciones de equidad, empujan no a la revancha sino a la refundación del PRI, y al arraigo de un sistema electoral multipartidista que refleje la diversidad de la sociedad y logre el balance pacífico entre intereses encontrados.

El destino de México no está escrito por el dedo de Dios, pero con un poco de suerte, voluntad, inteligencia y paciencia, lo podremos escribir nosotros.


<< Anterior

   


© 2011 Lorenzo Meyer • Legales