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Septiembre
4, 1997
Prensa Escrita Reforma AGENDA CIUDADANA
LOS DIAS Y LOS SIMBOLOS
AGENDA CIUDADANA
LOS DIAS Y LOS SIMBOLOS
Lorenzo Meyer
Cuando la Forma es Fondo.- El 10 de noviembre de 1942, tras haber ganado "la batalla de Inglaterra" y empezado a revertir las tendencias de la guerra, Winston Churchill pudo decir respecto al esfuerzo aliado por derrotar a las fuerzas de Hitler: "Bien, este no es el final , no es siquiera el principio del fin. Pero sí es, quizá, el final del principio". El 6 de julio pasado los mexicanos hubiéramos podido decir exactamente lo mismo respecto de nuestra larga batalla contra el autoritarismo. Sin embargo, después del 1° de septiembre hay margen para el optimismo y quizá se puede afirmar que estamos viviendo ya no el fin del principio sino efectivamente "el principio del fin" de esa forma arcaica, disfuncional y humillante de gobierno que es el presidencialismo autoritario. Falta aún, desde luego, dar la gran batalla, la que logre abrir la puerta a la alternancia de partidos en la presidencia, única forma de confirmar y fincar la transición mexicana a la democracia.
Hay circunstancias en que los procesos políticos largos se condensan. Es también entonces cuando lo simbólico toma el centro del escenario y por un momento la política real queda relegada a un segundo plano; pasado el momento, el símbolo desaparece del plano de la realidad para instalarse en el de la memoria colectiva. La fortaleza de la Bastilla, por ejemplo, no tenía ya ningún valor militar o como prisión cuando la tomó una multitud enfurecida de parisinos la mañana del 4 de julio de 1789 -albergaba apenas a 7 prisioneros-, pero al caer en manos de sus asaltantes tras la negativa de su alcalde a rendirla pacíficamente, condensó todo un proceso antimonárquico en Francia y marcó el principio del fin del absolutismo de los Borbones. Hasta hoy, la caída de la Bastilla se siguen recordando y celebrando en el mundo como símbolo del republicanismo.
En el pasado primero de septiembre, en México, cayó en poder del bloque de los legisladores de oposición una especie de bastilla del viejo presidencialismo antidemocrático: la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión. No fue tomada sin lucha, y el país estuvo a punto de experimentar una crisis constitucional ante la negativa del PRI y del gobierno a aceptar que el conjunto de sus opositores eran mayoría y que, por tanto, tenían todo el derecho y la legitimidad para tomar decisiones que la reflejaran en la composición del gobierno interno de la cámara. Por unos días, la negativa del PRI a ceder el terreno perdido en las urnas, pareció que desembocaría en un hecho tan insólito como absurdo: en la imposibilidad de instalar el Congreso para recibir el informe anual del presidente. Al final, la realidad se impuso y la bancada priísta rindió una plaza que había sido enteramente suya desde 1929. Como sabemos, ya sin el PRI al mando, la ceremonia del informe presidencial se transformó de manera radical. Toda una tradición llegó a su fin y se inició otra. El simbolismo en el corazón mismo de la política.
Fue con Benito Juárez y Porfirio Díaz, que el presidente se convirtió en el centro del sistema político mexicano, y sin ningún pudor absorbió los poderes que la constitución le había dado al Congreso, a la Suprema Corte y a los gobiernos locales. Con Díaz, el informe anual del Ejecutivo ante un poder legislativo vacío de contenido, se convirtió en una gran ceremonia del único poder real: el presidencial. Pero si la ocasión era ya fastuosa antes de 1910, lo fue aún más con la postrevolución. El 1° de septiembre se instituyó, de hecho, en "el día del presidente"; era la ocasión en que el jefe del Ejecutivo y del partido de Estado invitaban al recinto del Congreso -territorio de un poder ya vencido y conquistado- a casi todos aquellos a quienes el presidente en turno consideraba como los representantes adecuados de las organizaciones políticas, sociales, económicas y culturales: líderes del PRI, altos burócratas, militares, diplomáticos, empresarios, intelectuales, ministros religiosos, etcétera. Afuera del congreso, millares de individuos, llevados para la ocasión por el partido de Estado, vitoreaban al presidente con una espontaneidad y entusiasmo similares a los que había en las grandes concentraciones soviéticas. Pues bien, este 1° de septiembre las inercias finalmente se agotaron y la oposición recobró para el Congreso su autonomía. Si logra conservarla y arraigarla, la ceremonia de rendición de cuentas del presidente ante los legisladores será "el día del Congreso", y con un poco de suerte y esfuerzo, el auténtico "día de la República".
La Raíz.- Como todo gran momento simbólico, los antecedentes de lo que ocurrió entre el 29 de agosto y el 1° de septiembre, datan de tiempo atrás. Los procesos y hechos que permitieron que el Congreso se transformará en estos días de un cuerpo inerte e inútil en otro con mandato y voluntad propios, tienen una historia difícil e incluso cruenta. Fue en los años sesenta cuando una parte minoritaria pero significativa de la sociedad mexicana empezó a resistir abiertamente el autoritarismo presidencial y a exigir su transformación. El precio que esa oposición debió pagar por su demanda a un presidencialismo sin límites fue alto e implicó una cuota de sangre. Los que entonces chocaron con Gustavo Díaz Ordaz y sus herederos, dieron después muchas batallas más que parecieron, en su momento, infructuosas. Sin embargo, cada una de ellas dejó un sedimento, hubo una acumulación, y finalmente la presión forzó al régimen a abrir su círculo de hierro y aceptar en 1997 la celebración de elecciones relativamente equitativas, al menos en el centro y norte del país. Con 17 millones de votos contra 11 millones del partido de Estado el 6 de julio pasado, el conjunto de la oposición tuvo la mayoría en la Cámara de Diputados y con ella el derecho a imponer sus decisiones. Sin embargo, se trataba de una mayoría teórica, pues para hacerla real se requería un acuerdo entre sus diferentes componentes, y eso simplemente no tenía precedentes históricos en México. En realidad, la experiencia iba en sentido contrario; lo usual era el mantenimiento de una gran división entre las oposiciones y una alianza de conveniencia entre algún grupo opositor y el gobierno, es decir, el presidente.
La Unión de los Contrarios.- A producirse la gran insurgencia electoral del 88, muchas veces muchas voces exhortaron a los partidos de oposición a seguir el camino que tan buenos resultados había dado en otros países que también habían enfrentado la histórica tarea de desembarazarse de regímenes autoritarios: unirse en una gran alianza coyuntural capaz de romperle la espina dorsal al viejo sistema antidemocrático. Logrado el cambio de régimen, obviamente resurgirían las diferencias de fondo entre los aliados, pero ya en condiciones distintas: en las de la democracia, con reglas del juego claras y legítimas. La posibilidad de tal unión fue desechada una y otra vez por ciertos líderes opositores, y con ello el país perdió tiempo y la vida del régimen autoritario
se prolongó.
Desunida la oposición por intereses personales e ideológicos, el régimen pudo por medio de concesiones abiertas o de corrupción descarada, mantener dividida a la oposición y al presidente como el gran árbitro del proceso político nacional.
Fueron particularmente importantes las maniobras de Los Pinos después de 1988 para mantener confrontados al Partido Acción Nacional (PAN) y al Partido de la Revolución Democrática (PRD) alentando las diferencias históricas entre el cardenismo y los panistas. Tras las elecciones del 6 de julio de 1997, y con apenas 239 diputados en una cámara de 500, el PRI y el gobierno confiaron en la bondad de su vieja fórmula y se propusieron volver a usar la desunión entre sus opositores para prolongar su dominio en el tiempo. Sólo necesitaban conseguir para su causa doce votos opositores o, al menos, promover la ausencia de un número menor de diputados opositores en los momentos de las votaciones cruciales, en particular la del 30 de agosto que debería contar con quorum y elegir la mesa directiva de los diputados para el mes de septiembre. La tradición de corrupción política favorecía esta estrategia, pero esta vez tenía en contra el enorme desprestigio que hubiera caído sobre el partido o los diputados que se prestaran a ella. Por otra parte, en favor de la unidad del bloque opositor actuaba el hecho de que el fin de la guerra fría ha hecho disminuir el peso de las viejas diferencias ideológicas entre PAN y PRD. Por otro lado, los cambios en los puestos de mando de algunos partidos opositores favorecieron a la línea de la negociación entre ellos. La prensa informó que el secretario de Gobernación dedicó una buena parte del día 29 de agosto a comunicarse con más de veinte diputados de oposición buscando encontrar a los desertores que necesitaba, pero esta vez ya no los encontró (Proceso, 31 de agosto).
A diferencia de lo que ocurrió durante todo el sexenio de Carlos Salinas, en esta ocasión los dirigentes y líderes de la oposición, en particular los del PAN y el PRD, decidieron correr el riesgo de confiar los unos en los otros, resistir la campaña de información desatada en su contra por el gobierno y el partido de Estado, poner temporalmente a un lado sus viejos agravios personales y de grupo, mantenerse como un bloque y no mostrar fisuras en la votación crucial. El resultado de esas decisiones fue histórico, pues por primera vez la oposición democrática resistió los esfuerzos de fractura del gobierno y dio forma al simbolismo que se buscaba: el 1° de septiembre el jefe del Poder Ejecutivo fue recibido por una Cámara de Diputados en manos de la oposición, que de manera civilizada pero firme, le hizo saber que a partir de ese momento la fecha ya no sería "el día del presidente", que se iniciaba una nueva página en la historia del sistema de partidos en México. No fue poca cosa lo logrado en los días de agosto del 97.
Entre la Espada y la Pared.- La amenaza del PRI -y por tanto del gobierno- de violentar las normas y no cumplir con los tiempos y lo dispuesto para echar a andar la LVII legislatura, fue un signo de prepotencia y una irresponsabilidad mayúsculos. Al final, ambos, gobierno y partido, debieron ceder a las condiciones impuestas por quienes tenían el respaldo de los votos, pero en el proceso perdieron más credibilidad de lo que hubiera sido necesario; lanzaron acusaciones e hicieron amenazas que finalmente no pudieron sostener.
¿Por que no hicieron efectiva los priístas su amenaza de desconocer la legalidad de la instalación de la nueva legislatura hecha por la mayoría opositora?. Tras la batalla, sus líderes alegaron razones altruistas: "antepusimos el interés superior de la nación a nuestros justos reclamos". Es posible, pero hay una interpretación alternativa y menos desinteresada, que tiene que ver con los mercados. En efecto, la estructura económica construida por los tecnócratas es altamente vulnerable a una disminución de los flujos de dólares a los mercados especulativos mexicanos -la inversión indirecta. Una crisis constitucional, es decir, política, atemorizaría al capital externo por venir y propiciaría la fuga del que ya esta aquí. El gobierno de Ernesto Zedillo simplemente no podría resistir un "segundo error de diciembre". Fue, pues, el hecho de encontrarse entre la espada y la pared lo que finalmente hizo entrar en razón no a los diputados priístas sino, a sus mandos: el secretario de Gobernación y el presidente. Así camina México hacia su transición.
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