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Marzo  18, 1999

Prensa Escrita

Reforma
AGENDA CIUDADANA



EL ESPEJO MONGOL

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EL ESPEJO MONGOL
Lorenzo Meyer

La Fatiga- Todo proceso de transformación de régimen político –el cambio definitivo de las reglas fundamentales que rigen el acceso y el ejercicio al y del poder público-- que se extiende demasiado en el tiempo sin llegar a su conclusión, corre el peligro de desembocar en lo que en esta columna ya se ha definido como una fatiga transicional (18 de febrero). La consecuencia puede ser institucionalizar un arreglo defectuoso, un sistema político híbrido que no pueda cumplir bien con los requerimientos rutinarios del gobierno y, sobre todo, que carezca de la fuerza que da la plena legitimidad y que es lo único que permite generar la energía social que se requiere para enfrentar con éxito los grandes problemas nacionales que constituyen el desafío histórico de cada época.

La meta del prolongado esfuerzo de un sector de la sociedad mexicana –el políticamente más insatisfecho y activo— es hacer transitar al país de un sistema basado en un ejercicio irresponsable, excepcionalmente corrupto del poder, que ya está gastado y que es muy ineficiente, a otro más a tono con las demandas de responsabilidad que constituyen el estándar de legitimidad internacional. Pues bien, pese al mucho tiempo transcurrido, el cambio aún no se logra y ya hay signos de una cierta fatiga transicional, es decir, de un cansancio político no sólo de esa parte de la sociedad que está dispuesta a movilizarse en apoyo de las alternativas a un partido que se ha mantenido en control de las instituciones políticas por 70 años, sino del grueso de la sociedad.

La tentación de la desmovilización. Si a un gran esfuerzo de movilización social por modificar el sistema político tiene como consecuencia un avance relativamente pequeño o nulo, las tendencias a la desmovilización social se fortalecen y surge un círculo vicioso: la disminución del empuje por el cambio hace que éste sea aún más difícil, mayor es la frustración y más agudas las tendencias al abandono del objetivo. Al disminuir la movilización, disminuye la presión y urgencia por el cambio, lo que le permite ganar tiempo a los intereses creados para desarrollar mecanismos de defensa, es decir, estrategias para neutralizar los esfuerzos de sus adversarios y seguir retrasando el cambio político sustantivo y beneficiándose de condiciones ya consideradas ilegítimas por la cultura cívica dominante. No es seguro que el gran proyecto de los enemigos de la transición, el “gatopardismo” –transformar lo aparente para preservar lo sustantivo-- tenga finalmente éxito, pero no se debe descartar tal posibilidad, es decir, que en México simplemente nos quedemos con una liberalización del viejo régimen antidemocrático pero sin lograr la transición.

El Contraste - Para mejor comprender la naturaleza del problema político al que nos enfrentamos los mexicanos, podemos recurrir a la comparación, al contraste con otros casos donde también existía un sistema antidemocrático arraigado pero que en relativamente poco tiempo fue sustituido, sin violencia, por un arreglo político nuevo y más o menos democrático. Dejemos esta vez de lado los ejemplos conocidos por cercanos y repetidos –Portugal, España o Chile--, y tomemos un caso extremo y extraño entre nosotros, como puede ser el de Mongolia.

Mongolia es una sociedad que ha sido periférica al sistema mundial de poder desde la decadencia misma del imperio creado por la caballería de Genhis Khan en el siglo XIII. En 1921, y tras la revolución bolchevique en Rusia, Mongolia quedó bajo la influencia del Ejército Rojo y en 1924 se transformó en la República Popular de Mongolia y en un sistema dominado por un sólo partido: el Partido Popular Revolucionario de Mongolia (PPRM) y por un sólo personaje: el mariscal Choibalsan primero y Y. Tsedenbal después. Al desintegrarse la URSS en los años ochenta, la sociedad mongol resintió el impacto y en 1988 una serie de manifestaciones de estudiantes e intelectuales pusieron en crisis al PPRM y al sistema en su conjunto. El descontento obligó a los viejos aparatos a retirarse del poder y en julio de 1990 se llevaron a cabo elecciones razonablemente libres y los renovadores dominaran al parlamento. Con entusiasmo, el nuevo grupo se abrió a la pluralidad política -hizo una nueva constitución y permitió la existencia de partidos de oposición— y a la influencia de los tecnócratas, del Banco de Desarrollo de Asia y del Fondo Monetario y se lanzó por el camino del “shock neoliberal”, más al estilo ruso que chino. Finalmente los efectos del cambio no resultaron tan positivos como la teoría hizo suponer y en seis años los salarios reales cayeron en 50% y por “errores” se perdieron el 80% de las reservas internacionales del país. Ya en 1992, los moderados del PPRM desplazaron a los reformistas radicales e intentaron disminuir el ritmo del cambio económico pero no del político. Sin embargo, y para sorpresa de todos, en 1996 la oposición partidista –hasta entonces dividida-- se unificó en la llamada Unión Democrática que, con ayuda de una fundación alemana, promovió una exitosa movilización en favor del voto y al final, sorpresivamente y sin derramamiento de sangres, logró arrancar el poder de manos del PPRM, es decir, del partido de Estado. Ese PPRM que, como el PRI, había nacido para administrar el poder sin compartirlo y que frente a la crisis intentó reestructurarse, no se resistió a dejar el poder y pasó a la oposición. La Unión Democrática, siguiendo las tendencias mundiales y, de nuevo, asesorada por los organismos económicos internacionales, volvió a ahondar y acelerar las políticas de apertura al mercado, pero todo indica que los resultados han vuelto a ser poco satisfactorios para una parte mayoritaria de los votantes que hoy están dispuestos a devolver al PPRM al poder en el año 2000. Si esto último ocurre, los antiguos comunistas gobernarán ya dentro de una institucionalidad pluripartidista y democrática. En suma, en un período de ocho años, sin ninguna tradición que le ayudara y en medio de una seria crisis económica y social, Mongolia logró transitar, sin violencia, del partido de Estado al multipartidismo democrático (Morris Rossabi, “Mongolia in the 1990’s. From Commissars to Capitalism?” Occasional Paper Series, The Project on Open Society in Central Eurasia, agosto 1997). Ahora bien, se puede hacer un resumen igualmente breve del caso mexicano para concluir en lo opuesto: en la incapacidad de la sociedad para cambiar su sistema político.

En México también fueron estudiantes e intelectuales un catalizador del descontento contra un sistema que compartía con el Mongol la característica de estar dirigido por un partido de Estado desde los años veinte; igualmente existía -y existe-- una falta de tradición democrática, el dominio de los “hombres fuertes” locales (los caciques) y nacionales (los presidentes), la dependencia externa, la crisis de la economía y de la política social como consecuencia de la globalización. Como la mongola, la sociedad mexicana también ha vivido bajo la influencias de poderes externos, por mucho tiempo su economía dependió de unos cuantos productos y siempre ha pertenecido a la periferia del sistema mundial. El crecimiento de la población y la pérdida de importancia de la agricultura y la ganadería, hicieron que en la segunda mitad del siglo XX México se hiciera demográficamente mucho más denso, socialmente más urbano y económicamente más complejo que Mongolia, pero sin lograr superar su carácter de país subdesarrollado. Demografía, urbanización y diferenciación económica, así como la temprana aparición de proyectos democratizadores en México –desde el de Madero en 1910 hasta el más reciente, iniciado con la insurgencia electoral de 1988-- podrían hacer suponer que la democratización política fuera una tendencia más fuerte en México que en el Asia Central, pero la realidad es la opuesta.

¿Por qué?

Las Diferencias. Son muchas las razones por las cuales la transición democrática fue tan rápida y sin violencia en Mongolia y tan prolongada e inconclusa en México. Pero hay algunas que vale la pena subrayar. Para empezar, esta la rapidez misma del cambio y la falta de preparación y experiencia del PPRM para enfrentar a la oposición. En contraste, la clase política mexicana en el poder ha tenido muchos años de práctica en enfrentar y derrotar a la oposición electoral. Su entrenamiento se inició desde su nacimiento en 1929, cuando destruyó a los vasconcelistas. Desde entonces hasta las elecciones de Guerrero del mes pasado, la clase política mexicana ha acumulado una experiencia enorme para enfrentar por medios legales e ilegales, legítimos e ilegítimos, a sus opositores. El gran arsenal incluye hoy desde el viejo relleno de urnas donde aún se puede y el control de la autoridad electoral donde aún se puede (en los estados), hasta “caída de sistemas” de cómputo; creación de sistemas paralelos de contabilidad del voto y fórmulas matemáticas para neutralizar con supuestos votos provenientes de zonas no vigiladas –generalmente rurales-- las ganancias de la oposición en zonas donde si hay vigilancia, compra de voluntades con recursos gubernamentales entre las mayorías pobres, extracción de contribuciones millonarias de los grandes empresarios a los que previamente se ha favorecido con contratos gubernamentales o privatizaciones, etc.

El PPRM se enfrentó con los lamasterios budistas de la misma manera brutal conque los sonorenses creadores el PRI lo hicieron con la Iglesia Católica, pero desde Manuel Avila Camacho y, sobre todo, con Carlos Salinas de Gortari, el sistema antidemocrático mexicano hizo las paces con una iglesia por tradición conservadora y en vez de mantenerla como el enemigo histórico, la convirtió en aliado activo y muy cercano.

Mongolia se encuentra entre dos grandes influencias externas: China y Rusia. Al
desaparecer la URSS, que era la influencia dominante, el vacío no lo llenó, al menos no del todo, China, sino que Estados Unidos y Europa Occidental se hicieron presentes con una ayuda modesta pero importante en términos de la sociedad mongol. Junto con esa ayuda vino la presión para acabar con el sistema de partido de Estado y crear el multipartidismo. En el caso mexicano ha ocurrido sistemáticamente lo contrario: la influencia norteamericana ha apoyado, y sigue apoyando a un sistema que si bien no fue ni es democrático, le ofrece estabilidad –aunque cada vez menos-- y desde 1985 está enteramente comprometido con la integración a la poderosa economía norteamericana. El último ejemplo de este apoyo americano al sistema priísta lo acaba de exponer el New York Times (16 de marzo): la negativa del gobierno de Washington a llevar adelante una investigación sobre lavado de dinero donde se podía topar con una liga entre el Secretario de Defensa de México y el narcotráfico

En Mongolia los dos más grandes partidos de oposición decidieron unirse en 1996 para, juntos, sacar del poder al partido que lo había monopolizado desde 1924.

En México, y no obstante todas las declaraciones que hoy se hacen en favor de una coalición opositora, el golfo que separa al PRD del PAN se mantiene tan grande o mayor que aquel que separa a cada uno de ellos del PRI. Y ese golfo es hoy el espacio vital, sine qua none en que sobrevive el viejo sistema.

En suma, la prolongación de la transición política mexicana crea fatiga y la fatiga prolonga la transición. Pero este círculo vicioso no puede permanecer dando vueltas, o lo rompemos o empezamos a marchar para atrás.


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